I’m Yours [Two Shot | Segunda Parte]

I’m Yours: Segunda parte.
Fic original. 2, 891 palabras. Onew & OC. 
Disclaimmer: Inspirado en la canción I’m Yours de Jason Mraz; Onew no me pertenece (ojalá lo hiciera u_u).

Y ahí estaban. Camino a las estrellas.
Onew se fijó en la sonrisa despreocupada de Lenie mientras hacían fila para subir a la montaña rusa. Le encantaba la manera en que el cabello ondulado bailoteaba alrededor de su rostro. Parecía como si tuviese un halo sobre ella. Era pequeña, esbelta, delicada. No era coreana, pero a su parecer, era hermosa. Una mezcolanza de ángel y hada.— ¿De verdad quieres subirte? —Le preguntó lo más quedamente que pudo, para que nadie que no fuese ella pudiera escucharlo. Se percató entonces de que se había inclinado demasiado a su pequeña oreja, y al instante se apartó fingiendo un leve ataque de tos. Si fuera más valiente, si estuvieran solos, si supiera lo que ella sentía… No se habría apartado. Pero no quería arruinar su amistad. No podía permitírselo. Porque prefería tenerla como amiga, a perderla por querer tenerla de otra manera.
—Claro —Respondió Lenie con una amplia sonrisa, que mostraba la perfección de sus dientes, sacándolo de sus pensamientos — ¿Qué, acaso tienes miedo? —Lo retó ella riendo traviesamente. Luego despejó la mirada, su rostro permaneció sereno y fijó su vista en el horizonte, donde se erguían los edificios de la ciudad.— ¿Miedo? ¿Yo? —Onew bufó confiado —Sólo lo pregunté porque pensé que podrías estarte muriendo de miedo en realidad. En vista de que estás como si te fueras a comer un dulce, nos subiremos a esa montaña rusa.—Por supuesto. Y cuando bajemos y estés llorando como niño pequeño, te obligaré a subirte solo de nuevo —Se burló ella antes de que empezaran a desfilar hasta los asientos. Onew se dejó caer pesadamente y la observó ponerse el arnés de seguridad.—Hagámoslo más divertido: Quien grite más, hace lo que el otro quiera —Retó Onew con los ojos empequeñecidos, brillándole con un aire travieso. Onew pudo leer en los enormes y redondos ojos de Lenie que temía por su integridad moral, pero agradeció el contacto de su pequeño, delicado y femenino meñique cuando lo enredo alrededor del suyo, más grande y tosco por ser varón. Adoraba aquella delicadeza. Aquella fragilidad de porcelana. Pero sabía de propia mano que sólo parecía frágil y quebrantable. Sólo lo parecía, podía jurarlo.

Cuando el paseo acabó, no había poder sobrehumano que pudiera borrarle la sonrisa del rostro. Era enorme. Parecía resplandecer. Hasta el Gato Risón se habría sentido avergonzado si lo compararan con él. ¡Había ganado el reto!

Dirigió la mirada a una desencajada Lenie que miraba hacia el frente como en un trance. El cabello ondulado revoloteando aún sobre su cabeza, acariciando sus propios oídos.

— ¿Lenie? —Musitó soltando una quisquillosa risita entre dientes. La miró expectante.

—No voy a llorar —Atinó a decir ella con los ojos cristalinos, apretando los carnosos y rosáceos labios en un tenso puchero. Su tono le había parecido tan tierno y lleno de gracia que no pudo evitar soltar una rica y profunda carcajada. Lenie salió disparada de su asiento como si tuviera pánico a que el juego iniciara de nuevo. Onew sabía de antemano que Lenie gritaría como alma que llevaba el diablo cuando estuviesen en la montaña rusa. Siempre lo hacía, también siempre apostaba a que sería él quien gritase. Y siempre salía perdiendo.

Cuando la alcanzó en el filo de las escaleras y pasó un brazo sobre sus esbeltos y estrechos hombros, echó una risita tonta al aire.

—Me parece, pequeño duende, que has perdido. Ahora, ¿qué deberías hacer para verme feliz? —Se burló fingiendo seriedad, posando uno de sus largos y gruesos dedos sobre la quijada y parte de los labios, frunciendo el entrecejo con la mirada taciturna, como buscando una buena idea. Entonces encontró, allá a lo lejos, la Casa Embrujada. Sonrió maliciosamente, y la vio abrir sus hermosos ojos color caramelo desmesuradamente. Sus largas y rizadas pestañas negras y densas le delinearon los parpados. Era tan hermosa, pensó en su fuero interno. Una belleza sencilla, sus encantos no eran salvajemente llamativos. Ella giró su cabeza, haciendo que las ondas de su melena castaña se alborotaran con el viento. Cuando volvió a posar la mirada en él, estaba boquiabierta, y su semblante lo negaba por completo.
—Ni creas que me harás entrar ahí —Anunció ella con tono inflexible, cruzando sus esbeltos brazos debajo del pecho, negando sutilmente con la cabeza. Sonaba endemoniadamente decidida.
Onew sólo se limitó a echar una risita que serpenteó entre sus dientes y verla descaradamente.

—No puedo creer que me obligaras a hacerlo.
Lenie estaba cruzada de brazos, con Jin Ki sacando los boletos en la taquilla.

Era un tramposo. ¡Un traidor! ¡Un… un…! ¿Por qué diantres no podía negarle nada? Bufó como un toro embravecido. ¿A quién quería engañar? Ni siquiera se había esforzado para poner resistencia. Por más miedo que la oscuridad le causara, por más rechazo que tuviera a las casas encantadas, o la simulación de estas, su instinto la convencía de que mientras estuviera con Jin Ki, estaría completamente resguardada y a salvo. Cada día se sorprendía más de la confianza inmensa que le brindaba.

Jin Ki sonreía emocionado cuando se colocó detrás de ella en la fila de entrada. La miró con burla cuando ella emitía un pequeño chillido al entregar los boletos al empleado de la puerta, y sus manos volaron hacia los pequeños hombros de Lenie, para instarla a entrar. ¡Odiaba aquél poder de convencimiento que Lee Jin Ki ejercía sobre ella! Pero a la vez, obedecería cualquier cosa que él le ordenara como un fiel corderito.

Dentro de la casa, Lenie sólo quería gritar. La oscuridad sellaba por completo su visión, con tenebrosas luces rojas iluminando sólo el techo. Esqueletos de fibra de vidrio, telarañas de hilo, gritos y susurros endemoniados que recorrían todo el lugar. Aunque todo fuese irreal, Lenie no podía evitar dar saltos de verdadero terror cuando algo la espantaba… Y era muy fácil hacerlo.
Infinitas veces giró sobre sus talones para esconder el rostro en el pecho de Jin Ki, pero se retenía a sí misma, totalmente colorada, y volvía su cuerpo al frente. Él sólo reía con aquella risita lobuna que la ponía más nerviosa que la misma casa.

El momento que Jin Ki había estado esperando silenciosamente llegó. Uno de los actores salió disparado justo en el momento que caminaban cerca de un oscuro rincón, y Lenie profirió un agudo grito, totalmente horrorizada. Se volvió hacia él, sin poder controlar sus movimientos, y se aferró a su esbelto cuerpo, con los dedos crispados en la espalda, como si en él encontrara protección y se sintiera a salvo. Onew no pudo ni siquiera reírse, el impacto de tenerla tan increíblemente cerca, con su pequeño rostro escondido entre el cuello y el pecho, con la cálida respiración acelerada castigando su piel bajo la ropa. Le pasó los brazos por la espalda, acurrucándola brevemente contra él, y cuando Lenie se apartó un poco para mirarle a la cara, esbozó una sutil sonrisa.

—Tranquila —Le murmuró él, al tiempo que la apartaba suavemente. El corazón le latía acelerado, totalmente enloquecido. No era la primera vez que le pasaba. No era ningún niño, mucho menos un principiante, como para no saber qué era. Y es que la amaba. Y es que lo había sabido desde hacía mucho tiempo. No había tenido tiempo para reaccionar. Simplemente, una mañana, había despertado sabiendo que la amaba. Tampoco podía negarlo. Trataba de vivir con ello día a día. No podía confesárselo. Sabía que la dulce y delicada Lenie no podría seguir el ritmo de su vida. Giras, grabaciones, viajes, entrevistas… No había tiempo. Además, estaba seguro que Lenie lo veía como a un Oppa, un hermano mayor solamente. Alguien a quien no vería como un hombre con quien probablemente pasara el resto de su vida.

Cuando Lenie se hubo tranquilizado un instante después, se alejó de él con el rostro totalmente enrojecido por la vergüenza. Onew quiso volver a estrecharla entre sus brazos y abrazarla tan fuerte hasta que se fundiera con él. ¡Era tan linda, tan tierna!

La observó cuadrar los hombros y parpadear varias veces, como si estuviera alejando las lágrimas de los ojos. Le recordó de nuevo a la miedosa niña que era cuando la conoció. Entonces tenía catorce años, se veía y era más frágil de lo que en la actualidad era. Los años le habían otorgado más madurez y firmeza sobre su carácter. De hecho, era la primera vez, en mucho tiempo, que veía lágrimas en sus ojos. Cuando llegó a su casa y la vio con los ojos rojos e inflamados, sintió como si su corazón fuese dolorosamente sacudido. Lo inquietaba. No lo dejaba vivir en paz la idea de que ella volviese a llorar.

Cuando la luz solar se filtró por la puerta de salida, Onew se dio cuenta que el paseo dentro de la casa había terminado. Se obligó a sonreír para ocultar su falta de respiración, la tomó de la muñeca como si fuera una niña pequeña y salió junto con ella.

Después, la llevó al cine. Aunque él prefería las películas de acción, a Lenie no le hacía ni pisca de falta una sesión de estrés escandaloso. Así que compró entradas para una comedia romántica de esas que Lenie disfrutaba tanto.
Oírla reír en la oscuridad, lo hacía reír a él más que la propia película. Habían elegido una coreana, por alguna razón Lenie iba contra corriente, y aunque la gente prefiriera las norteamericanas, ella prefería esas.
Cuando salieron de la sala, no podía dar una sinopsis coherente de la trama, salvo vagos recuerdos de un viejo amigo, Geun Suk, trabajando en ella y actuando como si fuese un perro.

Iban en el autobús de regreso a casa. Se le habían agotado las ideas, además, el sol ya se había puesto en el horizonte, y una ligera brisa empezaba a caer sobre la ciudad, apenas humedeciendo el pavimento. La descubrió sonriendo risueña, con la delicada barbilla apoyada en ambos puños, y los codos clavados en sus propias rodillas. Él se aferró más fuertemente al asidero del respaldo de la silla para evitar tomarla en brazos y besarla.

— ¿Y si vamos a cenar? —Propuso ella repentinamente, con los ojos brillantes y una rebosante sonrisa en los labios. Entonces, Jin Ki supo que ella tampoco quería que la noche acabara. Saltaron de sus asientos, impulsados por el entusiasmo de cenar juntos, y bajaron corriendo en la primera parada que hizo el autobús. No tuvieron que buscar mucho, se habían bajado en una de las atestadas calles del centro de la ciudad, donde en cada esquina había al menos un puesto de comida típica y cada dos casas, un restaurante. El problema en realidad, fue decidir qué iban a degustar y en cuál de todos.
Al final se decidieron por la comida italiana. Un rico platillo de espaguetis, vino de arroz y la compañía de Lenie, era todo lo que necesitaba en aquél momento. Cenaron con el mismo entusiasmo que los había acompañado todo el día. Mientras estaban haciendo sobre mesa, Onew pudo percatarse de que el cansancio le pesaba a Lenie en los ojos. No iba a alargar más la noche, su pequeña hada necesitaba dormir pronto, pensó mientras la veía bostezar levemente.

La casa de Lenie quedaba a unas cuantas calles de ahí, aunque las manzanas eran extensas. Lenie no le permitió pagar un taxi, y alegó que un autobús demoraría en llegar a la parada.

—No me matarán unas cuantas cuadras —Añadió sonriente. La verdad era que, aunque le dolían los pies, prefería ir andando porque así tendría más rato para platicar con ella, o simplemente para mirarla un poquito más.

Caminaron por la solitaria calle entre risitas, haciendo comentarios vanos, recordando el estupendo día que habían pasado juntos. Onew no podía dejar de sonreír, y a juzgar por el rostro de Lenie, parecía que ella tampoco. ¿Cuándo volvería a tenerla así? ¿Al mes siguiente, o en un año?
Lamentaba más que nadie el estar más ausente que presente en la vida de Lenie. Era lo único que podía ponerlo de mal humor.

—Oppa —Murmuró Lenie con la vista perdida en el camino. Pocas veces lo llamaba así, en realidad, no era más que la segunda ocasión en que lo hacía —No te vas a ir a ningún lado, ¿Cierto?

Onew no supo a qué se refería, se detuvo de repente, girándose hacia ella para poder ver su expresión, pero Lenie continuó caminando, sonriéndole al cielo. Ni siquiera parecía estar hablando con él. Parecía más una niña pequeña en medio de una inquietante conversación con las estrellas. Cuando ella se percató de que Onew había dejado de caminar, se volvió hacia atrás y lo llamó con la mano.

—Ven aquí —Le ordenó dulcemente y cuando Onew se acercó a ella a paso lento, Lenie reanudó su marcha. Ni siquiera había notado que estaban a unas casas de la de Lenie, y ver las escalinatas que conducían hacia la puerta lo hicieron aborrecer el momento. Si un milagro ocurría. Si ella hacía cualquier gesto que le diera una mínima esperanza… por más minúscula que fuera… cruzaría el límite de la cordura. Se arriesgaría, saltaría sin paracaídas. Quizás estaría haciendo una tontería, pero no podía evitarlo más. No podía ocultarlo. No podría soportarlo o moriría.

—¿Quieres pasar a tomar algo caliente? —Le preguntó Lenie de pie en el segundo escalón, aferrada al frío acero de uno de los barandales de las escalinatas. Observó a Jin Ki hacer una tierna mueca que hizo que su corazón se derritiera, pero ya conocía la respuesta. Era tarde, y tenía que irse. Aunque no quería, tuvo que resignarse. Le agradecía inmensamente que le permitiera pasar el día con él, y aunque su interior rogaba por más, no podía permitirse ser egoísta.

—Minho debe estar esperándome como un león en casa, no les avisé a los chicos que saldría hoy, y además, me reclamará el no haberle dicho que te vería —Explicó elocuentemente. Lenie pudo leer en sus ojos que tampoco quería marcharse. Y… ¡Oh, lo extrañaba tanto! ¿Cómo o cuándo podría decirle lo que su corazón gritaba silenciosamente a los cuatro vientos? ¿Cuándo sería capaz de tomar valor y confesarse, aún sabiendo que el rechazo sería la más posible consecuencia? —Ven aquí. ¿No vas a despedirte de tu oppa?

El corazón de Lenie latió acelerado con sólo pensarlo. Se inclinó sobre él para abrazarlo suavemente, y le musitó al oído con timidez:

—Ha sido uno de los mejores días de mi vida, gracias a ti.

A partir de ahí, no pudo controlar sus movimientos. Se apartó lo suficiente para acomodar su rostro, y no pudo pensar con claridad o coherencia cuando sus labios rozaron los de Jin Ki con la celeridad de un rayo. El breve beso quedó entre ellos como un respiro sin exhalar, dejándola completamente sin aliento; llevándola al cielo y arrojándola al frío pavimento de un momento para otro, cuando su cuerpo reaccionó violentamente y se apartó de él con torpeza, girando sobre sus talones, con un nudo en la garganta y el corazón latiéndole en el pecho como si fuese el de un paracaidista. Estuvo a punto de empezar a creer lo peor. A punto.

Cuando se proponía a avanzar un paso más, alejándose de él con el rostro arrebolado y preguntándose por qué lo había hecho, unos dedos de acero la tomaron por el codo y rápidamente la hicieron retroceder, haciéndola girar en redondo al mismo tiempo, estampándola de nuevo contra aquellos gruesos, carnosos, dulces, tibios, y tiernos…

La presión contra la seda, su respiración cálida y cariñosa rebotándole en la mejilla, como un reflejo enloquecido de su propia palpitación. Lenie tuvo que aferrarse a sus hombros como un naufrago a un salvavidas. Y sintió desfallecer cuando los fuertes brazos de Jin Ki le cruzaron la espalda con facilidad. Si la soltaba ahora… caería. Si la alejaba ahora… se derrumbaría. Estaba ahí, besando en los labios, aquellos hermosos y dulces labios, al hombre que amaba con todo su corazón.

Besar sus labios… era la más preciosa experiencia en su vida. Sabían a hombre… y a niño al mismo tiempo. A verano e invierno. Sabían a ternura y éxtasis.
Jin Ki jugueteó con su boca, torturándola dulcemente, separándose apenas unos milímetros un par de veces, haciéndola pensar que terminaba de besarla, y presionando sus labios contra los de ella en diferentes puntos y ángulos de nuevo. Haciéndola pegarse más a su rostro, como si quisiera fundirse con ella, y Lenie sólo tenía un par de segundos para suspirar.

Le acariciaba el rostro, los hombros, la cintura… la tomaba por el cuello. Estaba en todos lados. Estaba en cada poro de su piel, llenándola de dulzura que derretía su vibrante corazón. Y no parecía tener intenciones de detenerse o detenerla.
Gracias Dios mío.

Cuando se apartó sólo un poco y posó su frente sobre la de ella, ambos sabían que había muchas cosas que explicar, y un sinfín más que decir y confesar. Pero había tiempo. Tendrían toda la noche para decir lo que en tantos años habían tenido que callar. Desde luego, Jin Ki no llegaría temprano a casa… y Lenie no entraría en ese momento a la suya.

No iban a perder más tiempo, no cuando sus corazones empezaban a palpitar al mismo ritmo y sus respiraciones se complementaban en un vals inmemorial, que prometía más. Mucho más.

¿Fin?


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4 comentarios en “I’m Yours [Two Shot | Segunda Parte]

  1. Pingback: I’m Yours [Two Shot | Primera Parte] | Utopía K-Fiction

    • Me alegra muchísimo que te guste, de verdad ♥
      La verdad es que considero que todo final es un inicio. Y así es, el miedo es muy peligroso, sobretodo cuando nos dejamos cegar por él.
      Gracias por comentar, cielo ♥

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¡Gracias por comentar! ♥

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