I’m Yours [Two Shot | Primera Parte]

Título: I’m Yours
Pareja: Jinki/OC
Rating: G
Género: Fluff, Romance
Número de palabras: 2,165
Notas de autora: Disculpen la sobredosis de azúcar. Éste es mi primer fanfic con SHINee, y lo escribí ya hace tres años. Es muy importante para mí, porque yo AMO a SHINee. Y Onew fue mi primer bias entre ellos. Ahora todo se fue al garete, porque soy OT5… lol.
Disclaimmer: Inspirado en la canción I’m Yours de Jason Mraz; Onew no me pertenece (ojalá lo hiciera u_u).

Resumen: 

Así que ya no titubearé más, ya no. No puede esperar, tuyo soy. No hay necesidad de complicarse, nuestro tiempo es corto. Éste es nuestro destino, tuyo soy.

– i’m yours –

— ¿A dónde vas cuando miras al cielo como si te perdieras? —El dulce tono de Jin Ki al formular la pregunta se enredó en los tímpanos de Lenie. Se hallaba recargada sobre el piano de cola color marrón, bajo los intensos rayos del sol que atravesaban el cristal del ventanal frente a ella. El clima se antojaba gélido, casi doloroso. No se hallaba en sus mejores momentos.
Levantó la cabeza en dirección al umbral de la puerta apenas escuchó aquella melodiosa voz y sonrió, sin poder evitarlo. Secó las lágrimas que hacía unos segundos empapaban sus mejillas antes de que él las notara, pero no obtuvo éxito alguno.Cuando Jin Ki se sentó junto a ella en el banquillo del piano y se recargó en la misma posición, la miró con sus preciosos y rasgados ojos negros y sin decir una sola palabra, secó con su pulgar una lágrima que volvía a escapar, buscando un refugio con desesperación y Lenie se movió incómoda por la cercanía. No podía evitar que su corazón latiese apasionado como el de un purasangre en plena carrera. No podía detener aquél torrente de amor que escapaba de su pecho cada vez que lo veía. Ya no podía. Y sin embargo, no era capaz de confesarlo.
Ni siquiera tenía caso decírselo, porque él sólo podía verla como su pequeña dongseng. Aún así, verlo de nuevo, cuando más necesitaba su armoniosa sonrisa, fue como un bálsamo mágico sobre sus heridas. El sólo verlo le daba la capacidad y las fuerzas necesarias para volver a sonreír.

— ¿Qué sucede? —Le preguntó él, con una enorme sonrisa. Sus ojos rasgados empequeñeciéndose con picardía, como cada vez que sonreía. Lenie esbozó una pequeña sonrisa, contagiada por él, pero volvió a sentir ese tirón de dolor y nostalgia que experimentaba cada vez que pensaba en ello. Suspiró pesadamente antes de responder:

—Ya lo sabes —Musitó, a sabiendas que Jin Ki ya habría hablado anteriormente con su padre. Los ojos se le llenaron de lágrimas al apartar la mirada de él y posarla en la pared con algo similar a la soberbia. No le gustaba que la vieran llorar. Se sentía tan tonta y débil. Luchó por contenerlas, y cuando se hubo asegurado que éstas no volverían a aparecer, volvió los ojos hacia Jin Ki, que la miraba con el semblante serio, casi taciturno.

—Que no puedas volver a tocar piano como antes… Lo siento mucho. Pero no pienses que te voy a dejar aquí, torturándote con la idea —Le dijo él de pronto, rompiendo el silencio que se había tejido en un instante. Lenie lo miró con el ceño fruncido, incapaz de imaginarse qué haría él a continuación. Jamás lo había escuchado tan decidido, salvo aquella ocasión en que… Lo observó ponerse de pie, tocarse el cabello lacio y largo que se le enroscaba en el cuello, largo y esbelto, y un segundo después, estaba tirando de ella fuertemente, llevándola a rastras hasta la puerta. Aunque intentó poner resistencia, Jin Ki se abalanzó sobre ella para hacerle cosquillas en la cintura y aprovechar la debilidad de las risas para tomarla en brazos y llevarla entre grititos, risas y alboroto fuera de la casa.

Cuando la dejó sobre el pavimento de la acera, le acomodó los mechones rizados que le caían sobre la cara. Tenía la respiración entrecortada y asombrosamente pesada, tanto por tenerlo cerca, como por las risas y el esfuerzo de hacerle batallar para llevarla. Lenie creyó que podría derretirse en cualquier momento, pero controló su acelerado pulso y frunció los labios cuando él se inclinó para ayudarla a ponerse los zapatos y volvió a ponerse a su altura. Aunque Lenie se pusiera de puntillas, no podía ni siquiera pasar de sus cejas. Aunque no era el hombre más alto, le sacaba una cabeza, lo que lo convertía en un gigante para ella. Siempre le había parecido increíblemente guapo, y sabía que seguiría siendo así hasta que muriera.

—Vamos —Le dijo, pasándole un brazo por los hombros, y aún a través del grueso abrigo que había alcanzado a pescar antes de que salieran de la casa, pudo sentir la calidez de su piel. No pudo evitar sonreír al ver la amplia sonrisa de él. No iba a intentar resistirse. No importaba cuánto se esforzase para evitarlo, su amigo siempre lograba hacer lo que quería, y en ese momento quería animarla. También lo necesitaba. Y más que nada, lo necesitaba a él. Olvidarse de aquella triste situación en la que se encontraba desde hacía un mes. El accidente podría haberle arrebatado su habilidad para tocar el piano, pero no le arrebataría su vida. Decidió, entonces, disfrutar de aquél breve momento que Jin Ki abría entre su apretada agenda para estar con ella.

La llevó a almorzar al restaurante favorito de ambos. Ahí. Donde se conocieron hace tantos años atrás. Lenie tenía tantos buenos recuerdos en aquél lugar, y en cualquier lugar donde se hallara siempre con Jin Ki. Su sonrisa aparecía como un sol radiante en sus días, incluso cuando parecían estar encapotados y tristes. A pesar de cada caída, sin importar la distancia que los separase, él siempre la ayudaba a levantarse y le curaba las heridas con frases graciosas y cariños dulces. No importase por qué ángulo lo viese, él era perfecto para sus ojos.

— ¿Qué quieres comer? —Le preguntó él, sonriendo ampliamente con su vista fija en el menú. Lenie tuvo que obligarse a sí misma a pensar en la comida y no en lo dulce que le parecía cuando fruncía sus labios de corazón, carnosos y tiernos, aquellos labios que siempre le habían despertado una quisquillosa duda: ¿A qué sabrían cuando besaba?

— ¿Ramen? —Sugirió ella, sonriéndole con los ojos por encima del cuadernillo que tenía entre sus manos, tratando de apartar de su mente aquella visión de sus labios. Cuando Jin Ki sonrió traviesamente y preguntó “¿Ah, sí?”, Lenie pensó que iba a desmayarse de puro regocijo. Ver su sonrisa de nuevo… verlo ahí, sentado frente a ella, emocionado por compartir el almuerzo como en los viejos tiempos, la hizo olvidar toda la tristeza que había sentido en el último mes. Pero entonces, una duda picó su ceño con inquietud: —Te irás después de comer conmigo, ¿Verdad? —La decepción anticipada… No pudo ocultarla. No quería ser egoísta. Jin Ki… No, se corrigió, Onew… Onew tenía muchas cosas que hacer. Su carrera, aquél trabajo que él tanto amaba, seguía un ritmo que no le permitía esa clase de descansos y pérdidas de tiempo. Sin embargo, aunque sólo estuviese con él durante los próximos cinco, diez, o treinta minutos, los aprovecharía al máximo para estar con él.

—Uhm… —Musitó Jin Ki, absorto en el cuadernillo del menú —No. Pedí el día libre, no teníamos actividades importantes para hoy. Sólo ensayos cotidianos —Explicó quedamente. Su voz afilada emitió una pequeña risita —Además, siempre es más divertido estar contigo que con los miembros.

Lenie sintió el corazón estallándole de alegría. ¿Eso significaba que podría estar todo el día con él?
¡No podía darle mejor regalo que ese! No pudo evitar empezar a sonreír como el Gato Risón, y quiso saltar sobre la mesa y apresar sus gruesos labios contra los suyos. No lo haría, obviamente, pero tendría la noche entera para soñar que lo hacía.

—Claro —Recalcó Lenie, riendo suavemente junto a él —Es que ellos no se ríen de tus malos chistes como yo—Jin Ki la miró fingiendo seriedad y un segundo más tarde, prorrumpió en carcajadas al mismo tiempo que Lenie.

Era tan hermoso, fue lo único que pudo pensar.

—Y es que ellos no son chicas —Añadió el propio Jin Ki después de levantarse para ir a pedir a la barra del pequeño local —las chicas son siempre más bonitas y divertidas. Aquellos cuatro demonios… —Farfulló hasta que no pudo escucharle más, pues estaba pidiendo el almuerzo.

Lenie emitió una pequeña carcajada. Hablaba como si él no lo fuera. ¡Ironías! No podía recordar un solo momento en que, cuando eran más jóvenes, él no estuviese haciendo alguna travesura, o causando un alboroto en el que ella siempre se veía envuelta. Siempre había sido muy parlanchín. Aunque ella solía ser del tipo de chicas que escuchan más de lo que hablan, cuando se trataba de Jin Ki, parecían competir para ver quién hablaba más que quién.
En sus épocas de aprendiz, habían sustituido la charla por la música. Aunque sus estilos y preferencias eran un tanto diferentes, siempre hallaban aquella conexión que los acercaba en cada nota. Desde entonces, aunque sus horarios no coincidieran demasiado, dedicaban sus horas juntos a auto descubrirse como adolescentes. ¿Quiénes eran? ¿A dónde iban? ¿Qué caminos tomarían? ¿Por qué querían cumplir tales deseos? Esas eran sus preguntas más frecuentes.
Habían crecido juntos, y juntos habían madurado en muchos aspectos. Justo en eso estaba pensando cuando el guapo joven coreano se sentó delante de ella, con una sonrisa gatuna en los labios, e instantes más tarde, una tímida joven se acercó para poner sus platos en la mesa fría y luego desapareció tan silenciosamente como había llegado.

Con sólo sonrisas, empezaron a comer. El ramen se desbarataba suavemente en su boca, y nunca pudo apartar la vista de él, que sonreía traviesamente, como siempre, y hacía muecas con el fin de hacerla reír. Nunca fallaba. Junto a él se le dibujaba una sonrisa permanente.

— ¿Y cómo le va a Minho, con Vreneli y Yoogeun? —Preguntó con un tono dulce y elocuente. Hacía mucho tiempo que tampoco veía a Minho, un buen amigo de ambos, y miembro de la banda con quienes trabajaba Jin Ki. Un par de años antes, lo había ayudado con prácticas en piano para un pequeño drama que estaba filmando y hacía un mes se había casado con una linda jovencita tres años menor que él, que lo adoraba y adoraba a Yoogeun. Ella no había podido ir a la boda, aunque sí había recibido invitación. Le entristecía el no haber podido asistir, pero el accidente la había tenido en el hospital cinco días enteros, y lastimosamente, había coincidido con la fecha.

—Es un recién casado. Obviamente le va bien —Respondió Jin Ki entre risas, dejando entrever la picardía en sus ojos. Lenie sintió las mejillas ardiéndole y volvió su vista al plato a medias que tenía en frente. Sinceramente, ya estaba satisfecha… No era de mucho comer, a decir verdad —. Ah-ah. Ni pienses que vas a dejar eso. Hay que comérselo todo, o te lo doy en la boca yo mismo —Advirtió Jin Ki mirándola con firmeza. Lenie quiso comprobarlo, pero acalló sus propios pensamientos totalmente abochornada.

Después de terminar todo lo que había en su plato, y verificar que Jin Ki había sido justo y se había terminado lo propio, salieron del local sin un rumbo fijo. No era usual en Jin Ki el skinship, pero entre ellos, era como respirar. Tenían que estar con los brazos entrelazados, o con el brazo de él en sus hombros. Sólo así se sentían cómodos. Era como una especie de manía protectora, algo que siempre había marcado su amistad. Lenie había nacido en un lugar donde se acostumbraba la cercanía corporal, y es que en Latinoamérica se habla con las manos al tiempo que con los labios. Jin Ki había terminado acostumbrándose a los modos de ella, en lugar de que fuese al revés.

Iban caminando por las atestadas calles de Seúl, saboreando empalagosos algodones de azúcar. Lenie se preguntaba si el cielo sabría del mismo modo. Tenía a su mejor amigo, al hombre que probablemente más amaría en toda su vida, junto a ella, alegrándole los días. ¿Qué más podía pedir, si ya tenía todo lo que alguna vez habría querido?

— ¿Qué deberíamos hacer ahora? Almuerzo, postre… —Enumeró Jin Ki con los dedos de las manos, sin mirarla, su entrecejo ligeramente fruncido, dándole un aire tan apuesto que Lenie volvió a sentir su corazón bombeándole sangre a toda velocidad.

— ¿Quieres decir que esta golosina es el postre? —Preguntó ella divertida, golpeteando suavemente el rostro de Jin Ki con el propio algodón rosado que sostenía entre sus manos, adorando la forma en que él fruncía el rostro.

—Como decía —Murmuró Jin Ki pretendiendo dulcemente ignorarla, luego estalló en pequeñas risitas — ¿Qué quieres hacer ahora? —Le preguntó sonriendo con ternura, su lacio cabello largo le ocultaba las cejas, y brillaba bajo el pálido sol que se colaba entre las nubes gordas de invierno.

— ¿Ir a las estrellas? —Sugirió Lenie animosa, aplaudiendo con su algodón de azúcar en una mano.

— ¿Deberíamos? —Fue la respuesta igualmente excitada de Jin Ki, con las comisuras de los labios arqueadas, dejando entrever sus blancos y perfectos dientes de conejito que a ella tanto le encantaban. Sonrió nuevamente, con los ojos brillándole alegremente, tomó una de las grandes y fuertes manos de él entre la suya y salió corriendo, tirando de él entre risas hasta la parada del autobús que los llevaría a las estrellas.

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