Mélodie Interdite {Primera Parte}

Disclaimer: XiuMin de EXO y Yoojung no me pertenecen (Son el uno del otro, ¿ok?) Este fanfic está libremente inspirado en éste vídeo, sin embargo, la historia siguiente es producto de mi perversa imaginación.

Nota de Autora: Prometí a Cece que actualizaría el fin de semana pasado, y por la escuela, no lo conseguí ;_; pero ya está aquí, algo apurado pero cumplí ♥ Espero les guste; y sé que quizás no entiendan muchas cosas, pero en el próximo capítulo, comprenderán. ¡Promesa! Gracias por los comentarios en el prólogo, ojalá les guste esto ♥

— primera parte —

 La mano de su profesor inició de nuevo el metrónomo que descansaba impávido sobre el piano de cola color negro; sentado en el taburete, mirando a través de la extensa ventana frente a él, Minseok suspiró con un ligero dejo de fastidio, y volvió a empezar, tocando las teclas blancas y negras del instrumento, haciendo que las notas salieran suavemente al principio, y comenzaran a tomar más intensidad conforme la pasión iba apoderándose de las manos y la mente del niño. Tenía catorce años y, según sus padres, un gran futuro por delante. Le habían descubierto un talento innato para la música, en especial para el piano, y sin perder más tiempo, sus padres habían contratado profesor tras profesor de música y piano desde que Minseok había cumplido los seis años.

 No podía quejarse, a él le gustaba mucho tocar. Le apasionaba la música. Aunque a veces preferiría cambiar una clase de piano y práctica por una tarde de juegos en el jardín o aventurarse al pequeño arroyo que, según había escuchado de los mozos, había detrás de la mansión. Para Minseok, su vida como infante y pre-adolescente, era simplemente aburrida.

 Estaba tan inmerso en sus pensamientos, con la vista fija en el jardín frontal a través de la ventana mientras sus dedos iban y venían por el piano, que ni siquiera se dio cuenta del pequeño error que había cometido hasta que sintió un punzante y ardoroso golpe en los nudillos, que lo hizo detenerse abruptamente, con una mueca de disgusto en el rostro.

 —Si vas a hacerlo, hazlo bien—Le reclamó el estirado hombre, con la voz tan falta de sentimiento que Minseok sospechó que se tratase de un robot y no de una persona. Pero no podía sorprenderse, todos sus profesores habían sido así, o incluso peores. Seres faltos de alma, con nada más que órdenes y estrictas conductas que lo ponían al borde de su paciencia. Pero Minseok estaba educado para sonreír, contenerse y obedecer.

 El proceso volvió a repetirse, y Minseok regresó su vista al mismo paisaje sintético de siempre, totalmente aburrido. Fue entonces cuando la vio: Una pequeña figura de largo cabello negro, piel blanca como la leche y gruesos labios casi tan rojos como una de las rosas que adornaban el jardín central de la mansión. Los ojos de Minseok siguieron a la niña que caminaba tímidamente frente a la ventana, cruzando el jardín, maravillándose por los árboles de cerezo que adornaban el lugar. Llevaba una pequeña mochila rosa colgando en su espalda, e iba vestida pulcramente con su uniforme de escuela pública. Minseok nunca había asistido a una escuela pública.

 Un sonoro golpe rompió el aire silencioso de la habitación; el profesor había utilizado nuevamente su varita, pero esta vez había arremetido contra el cuaderno de partituras, haciendo a Minseok sacudirse por la sorpresa.

 —Has estado increíblemente distraído hoy —Le acusó el hombre, mirándolo con dureza—, nuestra clase ha terminado. Mañana quiero que toques esta pieza completa perfectamente, de lo contrario, tus padres…

 —¡Pero apenas la hemos empezado a practicar hoy! —Fue a responder Minseok, recibiendo una mirada asesina de su instructor como respuesta. Minseok había rozado el límite, así que supo que era momento de callarse.

 —De lo contrario —Reiteró el hombre fríamente—, tus padres recibirán todas mis quejas sobre ti, y tomaremos medidas drásticas contigo. La audición es en menos de tres semanas, Minseok, concéntrate en lo que es importante y no en tonterías de niñitos.

 El hombre tomó las partituras con cuidado, hizo una pequeña reverencia como despedida, y se marchó sin decir nada más. Minseok suspiró frustrado una vez se halló solo en el salón, y golpeó las teclas del piano con exasperación. ¿Por qué no podía ser como los otros niños? ¿Por qué cuando él quería salir a jugar al jardín, o ir a la plaza con sus compañeros del colegio, sus padres se lo impedían? Había cambiado una sala de juegos por un salón de música, y a la larga, eso estaba cansándolo a sobremanera.

 Minseok recordó entonces a la niña que había visto unos minutos antes; ¿Quién era ella? ¿Por qué estaba en la casa? Ellos nunca recibían visitas (Aparte de sus viejas tías de Busán). Su curiosidad infantil lo llevó a mirar de nuevo hacia la ventana. La niña ya no estaba ahí para su decepción, sin embargo, podía ver, cerca del enorme portón de rejas, a su padre y a la señora Jin, el ama de llaves, conversando entre ellos.

No podía escuchar lo que decían (no es que tuviera súper poderes), pero parecían que la señora Jin le estaba pidiendo algo a su padre, por la forma en que juntaba sus manos y las frotaba insistentemente, como si le rezara a algún santo de los que la anciana tenía cuadros y estatuillas en su desvencijada habitación –Minseok había subido ahí un par de ocasiones, siempre cuidado que nadie lo viese-. A lo que fuese que la señora Jin estuviese pidiéndole desesperada a su padre, su padre respondía con rotundas negaciones, agitando su cabeza, con el rostro de hierro de siempre. A Minseok a veces le daba miedo esa expresión de su progenitor, si podía ser sincero. Pero ya era casi un adulto, no podía vivir siempre asustado de su padre. Desvió la mirada un segundo, y cuando volvió a posarla sobre las dos personas que conversaban, la señora Jin tomaba enérgicamente las manos de su padre, llorosa. Él, sin decir una palabra ni fijar sus ojos en la vieja mujer, parecía estar asintiendo lentamente. ¿Qué había pasado ahí? Minseok frunció su tierno ceño. ¿Acaso no estaba diciéndole que no antes?

 —Joven Minseok, su madre le espera en la sala de té —Una voz casi robótica le habló desde el umbral de la puerta del salón de música, y el adolescente giró su rostro en seguida. Asintió suavemente cuando su cerebro procesó el anuncio que le había dado el mozo, y tragó saliva, levantándose del taburete y dejando la habitación con ligera reticencia.

 ⊱*⊰

 Las cenas “familiares” eran muy poco frecuentes en casa. Minseok apenas recordaba la última ocasión en que habían estado los tres reunidos en la mesa, y si cabía decirlo, sus padres estaban tan ocupados en sus propios asuntos que apenas habían intercambiado palabra entre ellos, y mucho menos se habían molestado en preguntarle a él cómo había sido su día, o qué tal iba en el colegio. Lo mismo estaba sucediendo ahora.

“Me va bien” Respondió a la imaginaria pregunta que su madre le formuló; echó un suspiro resignado mientras cuchareaba la crema de quesos que tenía frente a él. Balanceó el peso de su cabeza de una mano a otra, y tomó una cucharada de la comida.

 —La nieta de la señora Jin se quedará con nosotros una temporada —Habló de repente su padre, atrayendo automáticamente la atención de su único hijo. Minseok  ató cabos y descubrió que la niña que había visto hacía unas horas debía ser la nieta de la señora Jin. No sabía que la señora Jin tenía una, o siquiera si tenía hijos, pero la verdad era que Minseok no sabía nada acerca de las personas que ayudaban a mantener la casa porque no se le permitía hablar con ellos. Apenas intercambiaba frases tan escuetas como “En un momento estaré ahí”, “Sí”, “No” y “Puedes retirarte” o darles sencillas órdenes que debían acatar, por más ridículas que fuesen, aunque claro, él nunca se había aprovechado de ello. La señora Jin había trabajado con sus padres desde antes que él naciera, y aun así, no sabía nada de ella, de su vida. Y dudaba que sus padres lo supieran también.

 —¿Y por qué en nuestra casa? ¿Qué, no tiene familia? —Habló su madre entonces, molesta como siempre, alzando la voz y haciendo mohines.

 —La madre de la niña falleció hace unos días en un accidente, no tiene a nadie más que la señora Jin —Respondió su padre, sin inflexión en la voz, llevándose la comida a la boca. Sin decir nada más, dio por sentado que ya era una decisión y que, no importaba cuánto se quejase su esposa al respecto como lo estaba haciendo en ese momento, no cambiaría de parecer. Cuando Kim HyunMoo daba su palabra, la cumplía. Sin embargo, su madre anunció que las mismas restricciones y tareas que tenían los sirvientes aplicarían a la niña, argumentando que sería bueno que ayudara a su abuela durante sus horas de trabajo, y que por tanto, Minseok no podría dirigirse a ella en absoluto.

 Aquello sorprendió al mismo Minseok, quien no pudo más que alternar la mirada entre sus padres antes de caer rendido en el respaldo de su asiento; debía haberse imaginado que ocurriría aquello. Ansiaba tanto tener una amiga, alguien con quien hablar, que había cantado victoria antes de tiempo. Qué triste y miserable era su vida.

 Al día siguiente, después del colegio, Minseok se apresuró a llegar a casa, corriendo desde la entrada del garaje hasta la puerta principal de la mansión, haciendo sudar a sus cuidadores, un par de torres barbudas que siempre usaban lentes de sol, incluso cuando no hacía sol. Se deslizó por el piso de mármol, haciendo que la suela de sus zapatos chirriara por la fricción, y de nuevo emprendió la carrera hacia su habitación, para quitarse el uniforme escolar y ponerse algo más cómodo para almorzar. Después, tendría clase de equitación, y un descanso antes de ir a estudiar. Durante su estudio, los cuidadores se quedaban dormidos en el sofá fuera de su habitación, y las mucamas y los mozos se reunían en la cocina, junto a la señora Jin, para jugar cartas, beber jugo de naranja a hurtadillas, y contarse los chismes de la familia. Era el momento perfecto para merodear por la casa y buscar a la niña que había visto, pues nadie saldría en su busca.

 Con una amplia sonrisa, después de maquinar su infalible plan, se mudó de ropa y caminó hacia el comedor, haciendo reverencias innecesarias hacia los sirvientes, recibiendo miradas aturdidas y tímidas sonrisas; “¿Qué le sucede al joven?” Escuchó un susurro; “No lo sé, pero es bueno que luzca feliz”, fue la respuesta de una de las mucamas al mozo que lo preguntaba. Minseok hizo como que no escuchó la pequeña conversación, sin embargo, su sonrisa se ensanchó.

 Al llegar la tarde, después de una cansada clase de equitación, Minseok corrió a ducharse, y empezar su tiempo de estudio; sin embargo, a los treinta minutos de haber empezado, su pequeña cabeza se asomó en la puerta, y tal como lo había sospechado, los dos hombres estaban desparramados sobre el sofá del pasillo, roncando descaradamente. Minseok se descalzó, llevando los zapatos en la mano, para evitar cualquier mínimo sonido, y salió en dirección contraria sobre el pasillo.

 Llegó al corredor principal, el que conectaba hacia la galería que rodeaba toda la casa, y se escabulló en ella. Las paredes de cristal de la galería que daban hacia los jardines y el garaje permitían el paso inquebrantable del sol crepuscular, y el cabello cobrizo de Minseok brilló. Bajó las escaleras del final de la galería, aquellas que casi nunca se utilizaban, y pasó junto a la cocina, deteniéndose con cuidado de no ser pillado, para vigilar que estuviesen ahí, pero todos en la cocina estaban ocupados. Incluso la señora Jin parecía reír, aunque era raro que lo hiciera.

 Minseok regresó de puntitas hacia la galería para salir por detrás, hacia el jardín principal. Los arbustos podados geométricamente le recordaron entonces al laberinto de Alicia en el País de las Maravillas, y la ostentosa fuente a mitad del jardín le llamó para que viese mejor. Más adelante, cerca de la muralla que lo separaba del inmenso terreno sin dueño que había junto a la mansión, había un enorme columpio de madera, enredado entre trepadoras. Minseok acostumbraba a ir ahí cuando era pequeño y su abuelo aún vivía, sin embargo, cuando su abuelo falleció y no quedó nadie más con quién pasar las tardes en aquél viejo y amplio columpio, Minseok se alejó de aquél rincón.

 Pero en aquél momento, el columpio se movía, y no por el viento, sino por los tímidos impulsos de aquella niña de largo cabello lacio y mirada voraz que inspeccionaba todo a su alrededor. Sentada en el desvencijado mueble, con las rodillas juntas mientras se sostenía de la orilla del asiento, la chiquilla miraba con detenimiento las enredaderas que trepaban por el columpio, los pájaros que canturreaban desde los distintos tipos de árboles en el jardín.

 Minseok aspiró profundamente, tratando de pensar en lo que debía decir. “Hola, ¿qué tal estás? Soy hijo del dueño de esta casa, no tengo permitido hablarte, pero aquí estoy de todos modos…”. Eso no sonaba como una buena opción. Sin embargo, antes de tardarse demasiado y ser encontrado ahí, caminó decidido hacia el columpio y se plantó delante de ella, con los ojos fijos en su figura.

 Era incluso más bonita de cerca. Con su blanca y limpia cara, aquellos dulces ojos rasgados, tan oscuros y cautivadores, hicieron que la garganta de Minseok se secara por completo. De nariz pequeña y barbilla delicada, su rostro estaba adornado por pómulos altos y labios finos.

Aún tenía cara de niña, con las mejillas regordetas y saludables; y lo miraba de hito en hito. Se levantó como una exhalación del asiento y estuvo a punto de emprender su huida, como si la hubiesen atrapado en medio de un crimen.

 —¡No, espera! —Minseok se apresuró a sujetarla por el hombro, en un impulso tan ajeno a él que lo dejó clavado sobre su sitio. La niña se volvió hacia él, con una expresión de pánico en el rostro, y se apresuró a inclinarse vehemente, dejando confundido al adolescente.

 —Lo siento —Repetía una y otra vez—, no debería estar aquí. Lo siento, me equivoqué.

 Minseok la tomó tímidamente por los hombros, para hacerla detener, y la soltó al instante, cuando los ojos aturdidos de la niña se encontraron con los suyos, sólo para que ambos los apartaran, incómodos.

 —No tienes nada por lo que… Disculparte—Musitó Minseok, colocando ambas manos a sus costados, sintiéndose tan torpe como nunca imaginó. La niña agachó la cabeza, y su cabello oscuro hizo una densa cortina entre ella y Minseok, quien pasó saliva nerviosamente—. Ya te lo dije—Se quejó el joven—No hay nada que sentir. Por cierto… —Dijo entonces, con un tono más cálido, tratando de animar el ambiente— ¿Cuál es tu nombre? ¿Te quedarás por mucho? No sabía que la señora Jin tenía una nieta… ¿Tu padre es hijo de la señora Jin?

 La niña se mantuvo en silencio, pareciendo un poco aturdida por todas las preguntas que Minseok estaba haciéndole. Se tomó su tiempo, se relamió los labios, y contestó.

 —Me llamo Yoojung. Jin Yoojung. Mi madre es… —la niña se aclaró la garganta— era su hija. Y no sé cuánto tiempo me quedaré aquí. No creo que sea por mucho, de cualquier forma.

 Minseok esperaba que no fuese así, sin embargo, la firme y sepulcral respuesta de la niña le hizo sentir desolado.

 —¿Y tú quién eres? —Cuestionó entonces la chiquilla, mirándolo con curiosidad. Minseok sonrió entonces.

 —Soy Minseok. Kim Minseok. Pero puedes decirme oppa.

 Así nació. Minseok puso la sonrisa, y Yoojung la mirada brillante. No hubo nada que lo detuviera; no podía deshacerse. Minseok empezó a escaparse más frecuentemente de sus horas de estudio para encontrarse a escondidas con la niña, en aquél olvidado columpio. Llevaban a menudo sus tareas escolares para hacerlas juntos, y mientras Minseok llevaba consigo libros de historia y matemáticas, Yoojung se dedicaba a dibujarle en secreto, en uno de sus cuadernos.

 Incluso cuando Yoojung empezó a conocer más la propiedad, se animó a abrir una vieja puerta al final de ésta, y descubrió así la salida secreta de la mansión, que llevaba hasta a un pequeño riachuelo junto a un gran roble. No tardó mucho tiempo en convencer a Minseok de ir con ella, entre risas, juegos y clases de música improvisadas que a la risueña e hiperactiva Yoojung le parecían tediosas, pero prestaba atención cuando Minseok se emocionaba tanto explicándole sobre notas musicales, ritmos y métricas. Lo observaba tarareando una canción mientras tocaba un piano invisible sobre sus delgados brazos, y terminaba sonriéndole ampliamente, haciendo que el corazón infantil de Yoojung se acelerara.

 Ella siempre había sido una niña solitaria. Su madre nunca estaba en casa, siempre ocupada trabajando; en la escuela, todos la molestaban por no tener padre. No tenía amigas; nunca nadie se acercaba a ella para comer en la hora del almuerzo, y tampoco querían hacer equipo para los trabajos escolares. A Yoojung nunca le había molestado, tenía a su madre con ella cuando ésta llegaba de trabajar, y aunque estuviera muerta de cansancio, cenaban juntas antes de irse a dormir, acurrucadas una junto a la otra en la pequeña habitación que compartían. Yoojung no tenía lujos, nunca había requerido de ellos. Su madre era todo lo que necesitaba, y cuando dejó de estar, su mundo se había ido abajo. Por suerte, su abuela había ido por ella antes que el gobierno lo hiciera y, de alguna manera, había logrado que su avaro patrón la acogiera en su casa por algún tiempo. A Yoojung no le molestaba en absoluto ayudar a la anciana en su trabajo, era más de lo que se merecía, y sentía que debía agradecerle de algún modo, compensarla por la humillación que había tenido que pasar para darle un techo. Yoojung nunca lo olvidaría; aunque su abuela no era amable con ella en absoluto –Yoojung sabía que la mujer sólo lo hacía por mera obligación-, Yoojung no tenía palabras suficientes para expresarle su gratitud. Mil bocas no le alcanzarían para agradecerle toda la vida.

 Y luego conoció a Minseok, y su vida cambió para siempre. Un amigo, un amigo como el que siempre había querido tener. Uno con quien reír, compartir sus lágrimas, y soñar. A sus doce años, no sabía mucho de la vida, salvo que dolía. Sin embargo, Minseok había llegado a ella como un milagro que le enseñaba francés y se reía de sus infantiles chistes.

 ¿Cómo había sucedido? Yoojung aún se lo preguntaba cuando cumplió los quince años y Minseok la instó a escaparse de la escuela junto a él, para ir a comer un helado y festejarlo. Cuando había cumplido trece y catorce años, Minseok le había regalado dulces, o le había tocado una pieza de Yiruma en el piano, pagándole a uno de los mozos para que los dejara estar a solas en la sala de música sin que la señora Jin o sus cuidadores supieran. Sin embargo, ese día, Kim Minseok había irrumpido en sus horas de clase, llamándola al móvil y pidiéndole que lo viese en el estacionamiento de maestros de la escuela pública a la que Yoojung asistía. La subió al Kia Cadenza negro que lo transportaba a todos lados, y la llevó a alguna carísima nevería en Gangnam, de esas que te cobraban por el renombre y no por el helado en sí.

 —Entonces, ahora que ya eres una señorita, ¿qué harás? —le preguntó en ese momento Minseok, con una sonrisa en los labios mientras dejaba su enorme cono de helado en la mesita donde estaban sentados.

 —Ir a un karaoke con mis amigos suena bien—Yoojung había mejorado sus habilidades sociales gracias a Minseok. Ahora tenía dos amigos más, y una chica a la que podía llamar su mejor amiga. Aunque a Minseok no le agradaba mucho la idea de que Yoojung pasara a veces más tiempo con esos chicos que con él, debido a la escuela y aquella estúpida norma que habían impuesto sus padres tres años atrás, Minseok estaba feliz de que Yoojung no fuese más aquella niña ermitaña y brusca de antes. Al menos no tanto, porque seguía pareciéndole igual de misteriosa que la primera vez.

 —¿Karaoke? ¿Con tus amigos? ¿Y qué hay de mí? —Preguntó Minseok, mirándola como si fuese un cachorrito perdido. Yoojung rio con ganas, antes de sacarle la lengua y sonreír tímidamente.

 —Oppa tiene que estudiar para su examen de ingreso a la universidad—Respondió Yoojung enfocando sus ojos en el helado de vainilla que tenía entre sus manos—. Falta un año, lo sé —Se apresuró a decir cuando Minseok rodó los ojos, llevándose el helado a los labios—Pero tienes que estudiar muy duro para entrar al conservatorio nacional; no es fácil entrar ahí y…

 La mano de Minseok se estiró hasta los pequeños labios de Yoojung, acariciándolos con el pulgar para hacerla guardar silencio.

 —Te prometo que lo lograré, pasaré el examen y estaré en la primera posición.

 —No entiendo por qué simplemente no aceptas la invitación del conservatorio francés; es una gran oportunidad… —Minseok la interrumpió esta vez con un golpecito en la frente.

 —No seas tonta. Si acepto, tendría que irme a París. El conservatorio de Seúl me agradecerá mejor —Bromeó Minseok al ver el rostro desconfiado de Yoojung al otro lado de la mesa—. Vale, me olvidaré del karaoke y estudiaré duro si damos un paseo.

 —¿Justo ahora? —Preguntó Yoojung cuadrándose de hombros, mirándolo con sus bonitos ojos abiertos de par en par. Minseok rio ligeramente, su voz era como el terciopelo, y Yoojung se derritió cual cubito de hielo al sol. Estaba emocionada, ¿Era éste algún día especial? Sólo era su cumpleaños. Un simple día que se repetía año tras año, recordándole que se hacía mayor y el apoyo de su abuela se acabaría pronto.

 —Síp.

 Minseok la esperó mientras se acababa el helado, pagó la cuenta y la tomó de la muñeca antes de que Yoojung cambiara de parecer –aunque en realidad, nunca había accedido-.

 Yoojung nunca había visitado una tienda de ropa en Gangnam. Mucho menos se había probado vestidos que costaran más de un millón y medio de wons.

 —Te ves preciosa—Le dijo Minseok, con la boca abierta, cuando salió del probador con un hermoso vestido blanco que le cubría los muslos hasta la rodilla y se sujetaba a su fina cintura con un lazo negro. Yoojung se ruborizó por entero, y Minseok caminó hasta ella para acomodarle el largo cabello oscuro sobre los hombros—. ¿Te gusta? —Yoojung asintió con la cabeza. No debía encariñarse con ese vestido; ni en sus sueños podría pagarse uno de esos—. No lo vas a pagar tú, niña tonta —Le dijo Minseok antes de llamar a una de las dependientas y pedirle que cobrara el vestido y dejara que Yoojung lo llevase puesto. Yoojung fue a detenerle, pero Minseok le sonrió como se le sonríe a un niño de tres años, y la hizo callar—Tener diecisiete años y una cuenta bancaria tiene sus privilegios, ¿sabes? No me quedaré sin nada, incluso comprándote ese vestido. Déjame regalarte algo decente por primera vez, Yoojung, además, me gusta ese vestido en ti, no lo he comprado sólo para tu propio deleite.

 ¿Cómo responder a eso? Su corazón latió a mil por hora, y ningún escondite en el mundo pareció ser útil para ella.

 —¿Por qué haces esto? ¿Te parece divertido?

 —¿De qué hablas?

 —¿Por qué me compras este vestido?

 —Acabo de decírtelo.

 —¡Minseok!

 —Sólo camina—Y con eso, la tomó del codo y la sacó suavemente de la renombrada boutique, a sabiendas que las habladurías sobre cómo el único hijo de Kim HyunMoo le había comprado a una misteriosa señorita un vestido que costaba más de mil quinientos dólares en un abrir y cerrar de ojos. La llevó a una zapatería cercana, y le compró un par de zapatos, de esos que Yoojung sólo había visto en las revistas de moda y fotografías de celebridades.

 En lugar de ir a casa, Minseok le pidió al chófer que los llevara al riachuelo detrás de la mansión, sin darle una sola explicación a Yoojung. Eran las cuatro de la tarde cuando llegaron a su viejo roble, aquél que ya tenía sus nombres grabados en su corteza. La ayudó a treparse en las ramas más bajas y gruesas, y se sentó junto a ella, ambos dejando que sus pies colgaran.

 —¿Te divertiste hoy? —Le preguntó, mirando hacia el quieto riachuelo, escuchando a los pajarillos trinar.

 —Claro que sí—Le contestó Yoojung con una pequeña sonrisa.

 —¿Por qué no te creo? —Insistió Minseok, acomodándole un mechón de cabello detrás de la oreja, enviando cientos de choques eléctricos por su piel—. Estuviste distraída todo el rato, ¿Sucede algo? ¿Estás molesta?

 —N-no lo sé… Actúas raro—Contestó Yoojung, evadiendo su mirada.

 —¿«Raro»? ¿Por qué raro?

 —No lo sé, ¡te digo que no lo sé! —Respondió Yoojung frustrada, frunciendo el rostro, sintiendo como su corazón se aceleraba más a cada momento. Llevaba meses sintiéndose así, la sola presencia de Minseok le ponía las rodillas de gelatina, y le hacía falta la respiración. Nunca antes le había gustado nadie, pero sospechaba que… Que Minseok le gustaba. O quizás, más que eso—. Sólo actúas raro, como si yo te…

 — ¿Como si me gustaras? —Inquirió Minseok, mirándola de re-ojo. Yoojung abrió los ojos de par en par, sin alzar su mirada  hacia el rostro sonriente del muchacho—. Oye, Jin Yoojung, escucha atentamente: Sí, me gustas. ¿Qué tendría de malo? Aun si dices que no, seguirás siendo mi amiga, ¿verdad?

 Yoojung se había quedado sin habla, nunca había pasado por algo similar, nunca le había gustado nadie, y nunca nadie se le había declarado antes. Así que hizo lo primero que le vino a la mente:

 —¡Tú, buitre! ¿Crees que voy a caer con semejante broma? —Le lanzó un golpe a la cabeza con la palma abierta antes de bajarse a toda prisa de la gruesa rama donde estaba sentada junto a Minseok, y echó a correr, azorada y con las mejillas calientes adoptando los colores rojizos del atardecer.

 Minseok soltó un pequeño chillido antes de bajarse y correr tras de ella, hasta emparejarse con la chiquilla enfurruñada y rodearle los hombros con un brazo y atraerla hasta su cuerpo para despeinarla y reír tranquilamente. Minseok entendía, después de todo, seguía pensando como una niña, y una vez había confesado sus sentimientos, aquellos que siempre habían estado ahí desde el principio, se sentía más ligero y alegre. Conocía a Yoojung, y sabía por lo que estaba pasando. Era obvio, ella también lo quería, sin embargo, si pudo esperar tres años, no iba a ser difícil esperar un poco más.

 —Mocosa, ¿Cuándo crecerás? ¡Cuándo!

⊱*⊰

 —¡Te dije que no volvieras a acercarte a él! —La mejilla de Yoojung ardía terriblemente por la fuerte bofetada que su abuela le había propinado, marcándole la piel con sus dedos. Pero no fue eso lo que le dolió a Yoojung, sino la mirada fiera de su abuela taladrándole el alma—. Deja de ser una niña estúpida, y deja de meternos en problemas. ¿Sabes lo que sucederá cuando el señor Kim se entere de que andas tomándote de manitas con su hijo? ¡Nos echarán a la calle!

 —Pero, abuela… —Replicó Yoojung sólo para recibir otro golpe en la mejilla por parte de su abuela que la envió al piso directamente. La mujer, a pesar de sus años, llevaba consigo una rabia que le proveía de fuerza insuperable.

 —¡Eres igual de puta que tu madre! ¡Yo no crío ni mantengo a zorras como ustedes! Te quedarás aquí, sin cenar y sin desayunar hasta que reflexiones sobre lo que haces y dejes de verte a escondidas con ese cabrón, ¡bruja fornicadora!

 Así, de nuevo, su abuela la encerró en la pequeña habitación del cobertizo donde Yoojung dormía, y a pesar de los llantos y ruegos de la niña, la mujer no la dejó salir hasta la mañana siguiente, para enviarla al colegio sin probar el desayuno.

Esa era su verdadera vida, cuando Minseok la abandonaba en aquél columpio y volvían a aquél viejo hábito de ignorarse mutuamente cuando la gente los rodeaba. Estaba sumida en un pozo oscuro que sólo daba vueltas y vueltas hasta dejarla aturdida e incapaz de ponerse en pie. Cuando Minseok llegaba, la oscuridad se iba, pero cuando volvía, era aún peor.

 ⊱*⊰

El cielo encapotado y las gruesas gotas de lluvia cubrían toda la ciudad, y el cuerpo empapado de Yoojung avanzaba por la acera como un ente vagabundeando. El sol se había puesto ya, eran las siete de la noche y apenas salía de la secundaria; tenía una semana prefiriendo quedarse a las horas de estudio opcionales, en lugar de llegar a casa y encontrarse con Minseok. Se sentía avergonzada; y su abuela la vigilaba más que nunca. No quería tener que irse de casa; no quería ir y fingir que no conocía a Minseok, cuando todo lo que quería era correr y abrazarlo, y jamás dejarle ir.

 — ¡Oye, Jin Yoojung! —Aquella voz gritando su nombre era imposible de no reconocer, y la chica se quedó plantada en el suelo a medio paso, con los ojos abiertos de par en par. Giró el rostro para ver de re-ojo al automóvil negro que avanzaba a su paso debajo de la acera. Yoojung intentó ignorarle, acelerando el paso—. ¡Oye, Yoojung! ¿No vas a detenerte?

 Yoojung iba a odiarse después, sin embargo, había pensado mucho. Minseok también tenía prohibido hablar con los criados, y si eran pillados conversando, el señor Kim podría darle momentos difíciles a Minseok… Otra vez. Y también estaba la situación de su abuela. Aunque fuese dura con ella, Yoojung sabía que la mujer actuaba así por el temor a quedarse en la calle, y ella no podía hacerle eso… A nadie, ni siquiera a Minseok.

 Al siguiente llamado de Minseok, se giró hacia él, que la miraba desde la ventanilla de su automóvil.

 —¡Déjame en paz, ¿quieres?! ¡No quiero saber nada de ti, ni de tus malditos sentimientos!

 Las lágrimas se habían acumulado en los ojos de Yoojung, y salieron finalmente, mezclándose con las gotas de lluvia que le mojaban el rostro. Minseok la miró con los ojos muy abiertos y su expresión hizo que el corazón de Yoojung se rompiera en mil pedazos. Despegó la mirada de ella, subió la ventanilla y el coche aceleró. Yoojung se quedó parada en la solitaria acera, anonadada y con el corazón latiéndole desbocado en el pecho. Hacía una semana que Minseok le había confesado que le gustaba, y hacía una semana también que Yoojung le ignoraba. Quizás a Minseok le doliera, y era probable que estuviera enfadado… Y… ¡Oh, qué más daba! ¡Los príncipes no se fijaban en las plebeyas!

 Yoojung se cubrió la cara con ambas manos, y lloró tan fuerte que temió que sus sollozos se escucharan en toda la calle. Y entonces, cuando más sola y triste se sintió, un par de brazos la atrajeron a un cuerpo cálido y seco, envolviéndola firmemente y cubriéndola de la lluvia.

 —Min-Minseok… —Susurró entre sollozos.

 —Niña tonta. ¿Pensaste que me podías engañar? ¿Crees que me iré tan fácilmente? —Yoojung se estremeció cuando Minseok la abrazó más fuerte, pegándola a su cuerpo—. Tonta, tonta —repitió el chico, se alejó unos centímetros de ella y, tomándola de la barbilla, pegó los labios a los suyos, fríos y temblorosos. Yoojung veía los ojos cerrados de Minseok mientras sentía la suavidad y tibieza de los labios masculinos, pero se quedó quieta, sin saber qué hacer o qué decir. Cuando Minseok se alejó, Yoojung se dio cuenta de que lo estaba aferrando del saco. Minseok notó su mano sujetándolo y sonrió, con las gotas de lluvia empapando su cara. La miró a los ojos, y esta vez, fue como si pidiera permiso para hacerlo. Cuando Yoojung entrecerró los ojos, Minseok se inclinó en busca de otro beso y tomó sus labios con urgencia, acariciándole el cuello delicado.

 No importaba cuánto buscara, o cuán perdida estuviese, Yoojung siempre encontraba su hogar en Minseok, ¿cómo vivir sin él, cuando era más necesario que el oxígeno para ella?

4 comentarios en “Mélodie Interdite {Primera Parte}

  1. “Prometí a Cece que actualizaría el fin de semana pasado, y por la escuela, no lo conseguí ;_;”
    Corazón ♥ Ya sabes que es sin presión {aunque supongo que mis comentarios y mi histeria no son de ayuda ¿verdad?}

    ¿Qué te digo? ldsjmfdl Amé el capítulo es tan intenso y de verdad me gusta bastate, de verdad me encanta todo ♥ Y no sé, pero siento que lloraré bastante en algún momento de la historia, por algún extraño motivo lo sé (?)

    Espero paciente, o al menos lo intentaré, por el siguiente capítulo. ♥ ♥ ♥

    Me gusta

    • Ya sé mi vida, pero no me gusta romper mis problemas :'( Igual gracias, cielo ♥ No, tus comentarios e histeria me inspiran a seguirle, eres la única que la lee, pero con eso tengo más que suficiente ♥
      Me alegra muchísimo que te gustara, y sí, creo que llorarás… Pero eso depende mí y si logro hacerlo ; _ ; Muchas gracias mi vida, en serio ♥♥

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  2. Es la primer historia heterosexual con Xiumin que vale la pena leer y comentar.
    Es una hermosa historia, es el inicio y ya siento que mi estómago tiene todo un zoologico. Es genial, simplemente perfecta y bueno, que me muero de curiosidad, de verdad espero que no demores demasiado, es muy buena.

    Una verdadera hsitoria hetero de EXO.

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